La creencia equívoca, tan ardientemente defendida por Saúl de Tarso, de que el crucificado fue Jesús, fue una de las primeras causas del cisma de la Iglesia en sus inicios:
Aquellos discípulos que no temían a Dios, fueron por la noche, robaron el cuerpo de Judas y lo escondieron, divulgando la noticia de que Jesús había resucitado; de esto resultó una gran confusión. El sumo sacerdote prohibió, bajo pena de anatema, que se hablara de Jesús de Nazaret. Y así comenzó una gran persecución; unos fueron lapidados, otros azotados y muchos se marcharon del país, pues no podían vivir en paz en tal situación.3
La persecución de los seguidores de Jesús, no sólo por parte de los romanos, sino también de los judíos que habían rechazado a Jesús, fue otra causa importante del cisma en los primeros tiempos de la Iglesia. Uno de sus mayores entusiastas, Saúl de Tarso, el "Hebreo de los Hebreos", que después se haría famoso como Pablo, ejercía su labor con fuerza y eficacia, como él mismo admitió:
Pues ya estáis enterados de mi conducta anterior en el judaísmo, cuan encarnizadamente perseguía a la Iglesia de Dios y la devastaba, y cómo sobrepasaba en el judaísmo a muchos de mis compatriotas contemporáneos, superándoles en celo por las tradiciones de mis padres. (Gal. 1, 13/14).
La persecución por parte de judíos y romanos fortaleció a algunos, pero desanimó a otros. Los seguidores más débiles adaptaron sus creencias y sus acciones para evitarla y, a causa de ello, surgieron contradicciones y disputas entre los seguidores de Jesús.
Fue Pablo, de nuevo, quien desempeñó un importante papel en este acomodo que, inevitablemente, empañó la pureza del modo de vida que Jesús había traído. Con dramática brusquedad anunció que había visto a Jesús en una visión y había decidido hacerse seguidor suyo. No obstante, esperó tres años en Arabia y Damasco antes de regresar a Jerusalén e informar a los apóstoles -que ahora eran conocidos como "los nazarenos"-, de su milagroso suceso. Ellos fueron los más próximos a Jesús mientras permaneció en la tierra y estaban muy poco convencidos de la autenticidad de la conversión de Pablo. Su escepticismo aumentó cuando Pablo, que nunca se había sentado con Jesús, empezó a practicar una doctrina que difería -y a veces estaba en contradicción- con la que ellos habían oído al propio Jesús. Más tarde, Pablo justificaría su posición diciendo:
Porque os hago saber, hermanos, que el Evangelio anunciado por mí no es humano, pues yo no lo recibí ni aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesús. (Gal. 1, 11/12).
Sin embargo, a los Nazarenos les resultó imposible creer que Jesús, habiendo instruido a sus doce apóstoles para que difundieran sus enseñanzas mientras estaba en la tierra, les retirara su autoridad y cambiara su enseñanza original sin informarles y, más aún, por medio de un hombre al cual ni siquiera conocían. Los argumentos de Pablo tenían poco peso para Santiago, jefe de los nazarenos en Jerusalén. No está claro si Santiago era hijo de María y José o hijo de la hermana de María. Se sabe que estaba muy próximo a Jesús y, según el Nuevo Testamento, era uno de los apóstoles más activos y de los que hablaban sin temor. Jesús les dio a él y a Juan el nombre de "Boanerges" (Hijos del Trueno). Según Eusebio, pasaba tanto tiempo rezando por su gente que sus rodillas se volvieron tan callosas como las de un camello. Por su sinceridad y honestidad llegó a ser conocido como Santiago el Justo. Se le considera el primer obispo de Jerusalén, si bien este título no se usaba en aquel tiempo. Era una de las personas más respetadas en Jerusalén y se le hicieron muchas peticiones para que refrenara la lengua de Pablo y para que silenciara su nueva doctrina del Cristo. El fue la figura central en la controversia entre Pablo y los Apóstoles.4
Probablemente Pablo hubiera sido rechazado por los nazarenos, que seguían recordando su papel en la persecución que habían sufrido, pero gracias a la influencia de Bernabé finalmente se le aceptó en la comunidad. Quizá Bernabé pensó que Pablo acabaría aceptando su forma de vivir, manteniéndose en compañía de la gente que tanto había aprendido directamente de Jesús. Pablo, que comprendió que había sido aceptado en el grupo por el apoyo de Bernabé y no por sus propios méritos, no se quedó con ellos sino que regresó a Tarso irritado.Muchos de los seguidores más cercanos a Jesús habían emigrado a Antioquía para escapar de la persecución de los judíos y de los romanos. En cierto momento, Bernabé se unió a ellos y llegó a ser el líder de aquella creciente comunidad de nazarenos. Se aferraban firmemente al modelo de vida que Jesús había encarnado y empezaron a aceptar entre ellos a gente que no era judía. En esta época empezó a usarse la palabra "cristiano", siendo utilizada como un término de ridiculización e insulto más que de descripción.
Se llegó a una situación en la que Bernabé decidió llevar el mensaje de Jesús más lejos. Fue a Tarso y se trajo con él a Pablo hasta Antioquía. De este modo, Pablo se vio, por segunda vez, cara a cara con la gente a la que antes había perseguido. En Antioquía los discípulos le recibieron con la misma frialdad que en Jerusalén. Entre ellos había una amarga controversia, no sólo acerca de lo que Jesús había enseñado, sino, también, acerca de quienes eran las personas susceptibles de ser enseñadas. De nuevo, sólo gracias a Bernabé se aceptó a Pablo en el grupo. Finalmente Bernabé y Pablo acompañados por Marcos, hijo de la hermana de Bernabé, marcharon hacia Grecia, en su primer viaje misionero.
Para un judío de corazón receptivo, era una cuestión fácil aceptar a Jesús, cuya enseñanza sólo servía para iluminar un modelo de vida con el que ya estaba familiarizado. Para un gentil, a quien las costumbres de los judíos resultaban extrañas, e incluso despreciables, era difícil. A los griegos, que adoraban a una miríada de dioses, no les importaba incrementar su número, pero a menudo se oponían a la afirmación de la Unidad Divina que negaba cualquier otro objeto de adoración. Pronto se hizo evidente que Pablo estaba preparado para apañar la enseñanza de Jesús a fin de que resultara aceptable para éstos. Bernabé no podía tolerarlo. Entonces se produjo tal tensión entre ellos que acabaron por separarse. Bernabé se llevó a Marcos y ambos se embarcaron rumbo a Chipre.
Pablo viajó hacia el Occidente con Pedro. Sin la sinceridad de Bernabé o el consejo de quienes seguían a Jesús y a Bernabé para refrenarlo, debió de encontrar poca oposición a las nuevas doctrinas, modos de conducta y comportamiento que había adoptado. Pablo se desvió aun más de las enseñanzas que Jesús había impartido, poniendo cada vez más énfasis en la figura del Cristo que, según pretendía, se le había aparecido en visiones. Su enseñanza se apoyaba enteramente en una comunicación supranatural y no en el testimonio histórico de un Jesús viviente. Su defensa contra los que le acusaban de cambiar la guía que Jesús había traído, se basaba en que cuanto predicaba tenía su origen en una revelación directa recibida por él de Cristo y que, como tal, tenía autoridad divina. En virtud de esta "autoridad" que él reivindicaba, las bendiciones del Evangelio no se limitaban a los judíos, sino que eran para todos aquellos que creían. Más adelante afirmó que los requisitos de la ley de Moisés no sólo eran innecesarios, sino incluso contrarios a lo que Dios le había sido revelado. En realidad, eran una maldición:
Cristo nos ha redimido de la maldición de la ley. (Gal. 3, 13).
De esta manera, Pablo no sólo se granjeó el enojo de los seguidores de Jesús, sino también el de los judíos, puesto que estaba con tradiciendo a sus respectivos profetas y a todos los profetas anteriores a ellos. Es obvio porqué decidió difundir sus enseñanzas entre gente que odiaba a los judíos y que no había oído hablar de Jesús por boca de nadie más. Legitimaba sus acciones afirmando que el fin justifica los medios:
Pues si la verdad de Dios ha abundado más, para Su gloria, a lo largo de mi vida ¿por qué se me juzga también como pecador?
El propio Pablo no tenía un concepto muy claro acerca de sus visiones:
Supe de un hombre en Cristo, el cual hará unos catorce años (no sé si en cuerpo o fuera de él, Dios lo sabe), fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y sé que este hombre (en el cuerpo o fuera de él, no lo sé, Dios lo sabe), fue arrebatado al paraíso y oyó palabras inefables que el hombre no puede pronunciar. Y es a éste a quien glorifico. (II Cor., 12, 1/5).
Por consiguiente, Pablo no sabía si el hombre que se había encontrado estaba "en el cuerpo" o "fuera del cuerpo". Hablaba de "palabras inefables" que no se pueden pronunciar. Parecía que tanto la fuente como el tema de la revelación eran dudosos. Aun así, Pablo pedía a sus seguidores una fe ciega en él y se enojaba con aquellos que seguían a los apóstoles que habían estado con Jesús. Irónicamente, les acusaba de cambiar su evangelio:
Me maravillo de que, abandonando al que os llamó por la gracia de Cristo, os paséis tan pronto a otro evangelio: porque no hay otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren transformar el evangelio de Cristo. Pero aun cuando nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciara un evangelio distinto del que hemos anunciado, maldito sea. Como os dijimos antes, así os digo ahora de nuevo, si alguien os predicara cualquier otro evangelio que no fuera el que habéis recibido, maldito sea. (Gal. 1, 6/9).
Un poco más adelante, en la misma epístola, menciona a Santiago, a Pedro y a Bernabé por sus nombres y dice:
Vi que no procedían con rectitud, según la verdad del evangelio. (Gal. 2, 14).
Estos versículos indican claramente la existencia de "otro evangelio". No hay ninguna mención de que el Inyil -la revelación que Jesús recibió de Dios- haya sido reducido a una forma escrita exactamente como fue revelado. Pablo se refería probablemente a los relatos de testigos presenciales de la vida de Jesús, tales como el evangelio de Bernabé, que se destruyeron tan despiadadamente tres siglos más tarde, después del concilio de Nicea. Es posible que Pablo creyese sincera y ardientemente en sus acciones, pero, de cualquier modo, su celo desviado era tan perjudicial en su intento de redirigir a los nazarenos, como su persecución activa. Las enseñanzas de Pablo, después de su muerte, tuvieron mayores consecuencias que las que él probablemente pudo preveer. Su "evangelio de Cristo" no sólo dio como resultado que se modificara en gran medida lo que Jesús había enseñado, sino que, además, preparó el camino para cambiar por completo las ideas de la gente acerca de quién era Jesús. Estaba siendo transformado de un hombre en un concepto en la mente de las gentes. La imagen que Pablo tenía de Cristo, que, al parecer, poseía poder para anular lo que Jesús había enseñado con anterioridad, no era la de un mortal ordinario, e inevitablemente fue confundida por muchos con Dios. Así fue como esta figura imaginaria de Jesús se convirtió en un objeto de adoración y se confundió a menudo con Dios. Esto puso a María en la imposible situación de ser la "madre" de Dios.
Este cambio de énfasis, desde Jesús como profeta a la nueva imagen de un Cristo que era divino, brindó a los intelectuales de Grecia y Roma la posibilidad de asimilar a su propia filosofía lo que Pablo y los que le seguían estaban predicando. En su visión la existencia era tripartita y, con las palabras de los paulinos de "Dios Padre" e "Hijo de Dios", sólo se necesitaba la adición del Espíritu Santo, para obtener una trinidad que encajaba con la de ellos. San Agustín no estaba del todo satisfecho con esto y envidiaba las libertades de los filósofos:
Los filósofos pronuncian sus palabras con toda libertad... Sin embargo, nosotros no decimos si hay dos o tres principios, dos o tres dioses. (De civitate Dei. 0/23).5
La filosofía de Platón se basaba en una distinción triple de la Causa Primera, la Razón o Logos y el Alma o Espíritu del Universo. Gibbon escribe:
Su imaginación poética a veces fijaba y animaba estas abstracciones metafísicas, los tres principios básicos y originales, con cada uno de los demás, por una generación misteriosa e inefable. Y el Logos se consideraba particularmente bajo el carácter más accesible del Hijo de un Padre Eterno, Creador y Gobernador del mundo.6
Con el paso del tiempo y la arbitraria identificación de Cristo con el Logos de Platón, las dos imágenes se convirtieron en una. Así nació la doctrina de la Trinidad, que se estableció y consideró, a partir de entonces, como el "cristianismo ortodoxo":
Los paganos que habían abrazado por aquel entonces el evangelio y que, en cierta medida, estaban versados en filosofía, se persuadieron de que los apóstoles creían en las mismas cosas, con respecto a estos temas, que los judíos y paganos platónicos. Y parece ser que fue ésto lo que atrajo a varios filósofos de esta secta a la religión cristiana y lo que dio una estima tan grande por Platón a los cristianos primitivos.7
Puesto que cada uno tenía concepciones distintas de lo que significaban los términos platónicos, se produjo un cisma mayor aún entre los cristianos. Gibbon, al escribir sobre los cristianos de los siglos segundo y tercero dice:
El respetable nombre de Platón fue usado por los ortodoxos y ultrajado por los herejes, como base común de la verdad y del error.8
Pablo nunca llegó a predicar la divinidad de Jesús ni la doctrina de la Trinidad. Sin embargo, su forma de expresión y los cambios que hizo cuando se fundieron con las ideas platónicas, abrieron la puerta a ambos errores y prepararon el camino para que llegaran a convertirse en las doctrinas oficiales de la Iglesia católica romana. Lo que Pablo hizo con las enseñanzas de Jesús, lo hicieron otros con su enseñanza. Este proceso culminó con las doctrinas trinitarias de Atanasio, que fueron aceptadas como cristianismo oficial "ortodoxo" durante el concilio de Nicea, en el año 325. El credo de Atanasio, que se compuso aproximadamente cien años después del de Nicea, ha sido atribuido a los católicos romanos de la Iglesia del norte de Africa:
Quesnel inició esta opinión, que fue recibida favorablemente. Pero, de cualquier modo, las tres verdades siguientes, por sorprendentes que puedan parecer, son ahora universalmente reconocidas: Primero, que San Atanasio no es el autor del credo que tan frecuentemente se reza hoy en las iglesias. En segundo lugar, que no parece que existiera hasta un siglo después de su muerte. Y en tercer lugar, que se compuso originalmente en lengua latina y, en consecuencia, en las provincias occidentales.9
Gennandio, patriarca de Constantinopla, se sorprendió tanto de esta extraordinaria composición que proclamó abiertamente que era obra de un borracho.
Es significativo que ninguno de los libros del Nuevo Testamento mencione la doctrina de la Trinidad. El versículo de Juan, IV, 7, que afirma la unidad de los tres que dan testimonio en el cielo, se sabe desde hace tiempo que es falso, obra igualmente de los católicos romanos del norte de Africa. La falsificación fue hecha pública por Sir Isaac Newton, que encontró sin alterar algunos de los manuscritos más antiguos:
De todos los manuscritos existentes hoy en día, más de ochenta en número, algunos con más de 1200 años de antigüedad, las copias ortodoxas del Vaticano, de los editores complutenses de Roberto Esteban, se han perdido de vista y los dos manuscritos de Dublín y de Berlín no tienen valor suficiente como para constituir una excepción... En los siglos XI y XII, las Biblias fueron corregidas por Lanfranc, arzobispo de Canterbury y por Nicholas, cardenal y bibliotecario de la Iglesia Romana, "secundum ortodoxan fidem". A pesar de estas correcciones, el pasaje sigue faltando en veinticinco manuscritos latinos, los más antiguos y auténticos, dos cualidades raramente unidas. Los tres testigos han sido establecidos en nuestros Testamentos griegos por la prudencia de Erasmo, la franca intolerancia de los editores complutenses, el fraude tipográfico o el error de Roberto Esteban al introducir un capricho y la deliberada falsedad o la errónea interpretación de Teodoro Beza.10
La extensión y consecuencia inevitable de la doctrina de la Trinidad fue la doctrina de la Encarnación, que constituyó la manzana de la discordia de los agitados concilios de Efeso (431) y Caledonia (451). Después de que el concilio de Nicea aprobase que "Jesús era Dios":
Los católicos temblaban al borde de un precipicio del que no podían retroceder, donde era peligroso mantenerse y horroroso caer. No se decidían a proclamar que Dios mismo, la segunda persona de una trinidad equitativa y consustancial, se había manifestado en la carne, que un ser que se extiende por el universo hubiera sido confinado en el vientre de María, que Su eterna duración hubiera sido marcada por los días, meses y años de la existencia humana, que el Todopoderoso hubiera sido flagelado y crucificado, que Su Esencia inmutable hubiera sentido dolor y angustia, que Su Omnisciencia no estuviera exenta de ignorancia y que la fuente de vida e inmortalidad expirara en el monte Calvario. Estas alarmantes consecuencias fueron afirmadas con desvergonzada simplicidad por Apolino, obispo de Laodicea, una de las lumbreras de la Iglesia.11
La confusión que se produjo al defender la doctrina de la Encarnación sólo fue superada por la creencia errónea de que era Jesús el que había sido crucificado. Hasta el concilio de Constantinopla (680), cuando se fijó por último el credo, no se enseñó a los católicos de todas las edades que dos voluntades o energías se armonizaron en la persona de Cristo. El catolicismo romano no se estableció en Gran Bretaña hasta el fin del siglo VII:
Cuando el credo de la Encarnación, que había sido definido en Roma y Constantinopla, se predicó posteriormente en Bretaña e Irlanda, las mismas palabras eran repetidas, por aquellos cristianos cuya liturgia se celebraba en lengua griega o latina.12
No es sorprendente que no haya una auténtica mención de la doctrina de la Encarnación en el Nuevo Testamento. El versículo que afirma que "Dios se manifestó en la carne" es, de nuevo, una falsificación:
Esta fuerte expresión puede justificarse por el lenguaje de Pablo (1 Tim. 3, 16), pero las Biblias modernas nos engañan. La letra "o" (el cual), se cambió por "theos" (Dios), en Constantinopla, a principios del siglo VI: el texto correcto, que es visible en las versiones latina y siria, sigue existiendo tanto en el razonamiento de los padres griegos como en el de los latinos. Y este fraude, junto con el de los tres testigos de Juan, lo detectó admirablemente Sir Isaac Newton.13
La doctrina de la Encarnación está implícita en los primeros versículos del Evangelio de Juan pero, como indica el lapsus de tiempo que fue necesario para la formulación de la doctrina, estos versos son tan ambiguos como la propia doctrina. El evangelio de Juan, escrito aproximadamente medio siglo después de la muerte de Pablo, se consagra a la filosofía platónica. No fue escrito por el apóstol Juan, por consiguiente, no es el relato de un testigo presencial de la vida y enseñanzas de Jesús. Es muy diferente de los otros tres evangelios sinópticos que se conservan y, algunas veces, los contradice. Sin embargo, la Iglesia católica romana ha pretendido que es la palabra de Dios divinamente inspirada y, como tal, exenta de cualquier error. Incluso este evangelio no contiene ninguna mención de los términos "Trinidad" o Encarnación", pero la falsa autoridad que concede a la doctrina platónica se ha usado para respaldar las doctrinas de la Trinidad y de la Encarnación, doctrinas que ni Jesús ni el mismo Pablo predicaron jamás.